Objetos escogidos: Gafas, foto enmarcada, pluma verde, reloj dorado y taza de té.
TRASFONDO
Arturo Valverde es un hombre de sesenta y ocho años que había dedicado toda su vida a la enseñanza. Fue profesor de historia en un instituto de Alicante y un apasionado a la lectura de biografías, cartas antiguas y los libros de romance que su esposa le hizo comprar y que acabaron gustándole. Su despacho, lleno de libros, mapas y recuerdos, era su refugio. Desde que su esposa Antonia falleció tres años atrás, ese espacio se convirtió en un pequeño museo de su vida juntos.
Cada objeto tenía una historia, pero cinco eran especialmente importantes. Las gafas, que usaba para leer las cartas que ella le había dejado. La foto enmarcada de su esposa, colocada justo frente a su escritorio donde Antonia aún parecía mirarlo con ternura, la pluma verde, regalo de ella, con la que él escribía sus diarios. El reloj dorado, detenido desde el día de su muerte. Y la taza de té, que servía cada tarde, como solía hacerlo cuando compartían ese ritual cotidiano que tanto les unía.
Aturo era un hombre correcto, ordenado, pero su vida se había vuelto silenciosa, predecible, casi vacía. Pasaba los días leyendo o escribiendo pequeñas notas que nunca mostraba a nadie.
MOTIVACIONES
Lo que más movía a Arturo era el deseo de no olvidar. Temía que, si seguía adelante, los recuerdos de Antonia se fueran borrando poco a poco. Por eso mantenía el reloj parado, por esio nunca cambiaba la foto de su escritorio ni lavaba la taza que ella solía usar y que todavía mantenía la mancha del labial carmín que siempre llevaba. Para él, esos objetos eran su forma de mantenerla viva.
Sin embargo, en el fondo también sentía la necesidad de seguir viviendo. Había momentos en los que la soledad le pesaba demasiado y se preguntaba si Antonia querría verlo así, encerrado entre recuerdos. Cada vez que se hacía esa pregunta, miraba sus gafas sobre la mesa y pensaba que tal vez era hora de mirar el mundo de nuevo, pero no se atrevía.
ARCO NARRATIVO
Todo cambia una tarde de invierno. Arturo, mientras limpiaba el polvo de su escritorio, derrama sin querer un poco de tinta de la pluma verde sobre una hoja en blanco. La mancha lo hace sonreír; Antonia siempre decía que la perfección era aburrida. Impulsado por ese recuerdo, se sienta y comienza a escribir. No escribe sobre la pérdida, sino sobre el amor que sigue existiendo incluso cuando la otra persona ya no está.
Esa pequeña acción se convierte en su nuevo hábito. Cada día escribe un fragmento, una carta o un pensamiento. Empieza también a salir a caminar, a tomar el té en una cafetería cercana y a conversar con sus antiguos alumnos. La vida, poco a poco, vuelve a entrar en su casa.
Un día, casi sin pensarlo, Arturo le da cuerda al reloj dorado. El sonido del tic-tac rompe el silencio de la casa y del despacho. Se pone las gafas, mira la foto de Antonia y sonríe. No porque la haya olvidado, sino porque al fin entiende que seguir viviendo no es traicionarla, sino honrarla.
Esa noche escribe una última nota antes de acostarse: "El tiempo vuelve a avanzar, y tú sigues conmigo en cada minuto, mi amor."

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